Testimonios: misionera Haití

Isa Solá, in memoriam

Dios me dio la vida y esta ya no tiene sentido si no es para darla

Isa Solá
Misionera asesinada en la lucha contra la pobreza en Haití

In Memoriam: Isa Solá Matas, una heroína anónima en lucha contra la pobreza en Haití

En un atraco en Puerto Príncipe (capital de Haití) perdió la vida el 2 de septiembre de 2016 la monja misionera catalana Isabel Solá Matas, de 51 años y perteneciente a la congregación de Jesús Maria.

Formada en el colegio Jesús-Maria Sant Gervasi de Barcelona de los 5 a los 18 años, se convirtió en postulante a los 19, y después en novicia y religiosa. Estudió Enfermería y Magisterio y se dedicó a ayudar a los enfermos de sida en un periodo, los años ochenta, en el que la enfermedad estaba muy estigmatizada. Marchó después a Guinea Ecuatroial a hacerse cargo de uno de los dos colegios que la congregación de Jesús María tiene en el país, el de Ebibeyin.

Después de 14 años, Solá fue destinada a uno de los países más pobres del mundo, Haití, a formar parte de una pequeña comunidad con la idea de construir una escuela de formación para los hijos de las familias más desfavorecidas con la ilusión de revertir la inequidad que sufre la población.

Sufrió el terremoto un año después: el 12 de enero de 2010 Puerto Príncipe copó la atención mediática mundial cuando un terremoto la devastó. Los más de 200.000 muertos y la destrucción de miles de casas ponían un (durísimo) hito más en la historia del país más pobre de América Latina, que, además, arrastra el terrible peso de una herencia de siglos de esclavitud, guerras, saqueo de recursos por sus colonizadores y caos gubernamental.

Ese día, Isa sufrió un aldabonazo en lo más íntimo de su ser. Siempre segura de su vocación aquel 12 de enero, en solo un instante, se vio rodeada de muerte y destrucción. De esta vivencia dejó dramáticos y hermosos escritos:

Haití es mi casa, mi familia, mi trabajo, mi sufrimiento y mi alegría, y mi lugar de encuentro con Dios

El seísmo le cogió fuera de la escuela en la que impartía clases. Llegó a lo que eran sus ruinas. Aún se escuchaban voces infantiles bajo los escombros pidiendo ayuda. Hasta que una segunda sacudida las apagó. Y con ellas, la esperanza.

Lo mismo ocurrió con la residencia de su comunidad, reducida a la nada, con algunas de sus hermanas heridas. Alojada en una tienda de campaña, se dedicó en los días siguientes a poner en práctica sus estudios de Enfermería (que, junto a Magisterio, realizó por encargo de la orden para poder ser misionera).

En plena calle, sin instrumental y sin médicos, los días previos a que llegaran los equipos especializados, tuvo ella misma que realizar las tareas más difíciles, como amputar brazos y piernas. No tenía fuerzas. Llevaba días sin comer.

Todo esto supuso un impacto que le hizo plantearse muchas cosas: “La gente deambulaba por las calles. Algunos se ponían violentos porque tenían hambre. Yo misma experimenté que el hambre te puede empujar a hacer lo que sea”. También había otras personas que “daban gracias a Dios por estar vivas, aunque hubieran perdido su casa o estuvieran heridas. Yo solo sentía tristeza. No entendía por qué había pasado aquello… Solo veía mi cobardía y mi debilidad”.

Pero pronto recuperó su confianza en Dios. Con la fuerza que da saber que se puede ayudar a muchas personas, dando esperanza a quien no la tiene. Y es que en Haití, por el peso que el vudú (herencia del origen africano del país) aún tiene entre la gente, a los mutilados se les ve como seres malditos, castigados por Dios:

Aquí, un amputado no vale nada, se le rechaza en todos los sitios. Lo que supone que, además de haber quedado dañado de por vida, se le cierran las puertas hasta para poder encontrar un trabajo

De ahí que, sin dudarlo, meses más tarde fundó un centro para amputados con la ayuda de su hermano Javier. A todas las personas les entregan gratuitamente las prótesis y se les hace un seguimiento personalizado, para enseñarles a andar con ellas. Además, se les ofrece un tratamiento psicológico –“les pedimos que nos cuenten cómo perdieron las piernas para ayudarles a superarlo”– y, en algunos casos, les ayudan con un programa de microcréditos para que puedan impulsar ellos mismos su propio negocio.

Ahora emprendía la construcción de la escuela con su entusiasmo singular y, con la ayuda de Manos Unidas, iniciaba las obras de rehabilitación del Hospital de Gros-Morne que necesitaba ser rehabilitado urgentemente. Se había quedado pequeño y anticuado, y no podía dar el servicio que sus 43.200 pacientes anuales requieren.

Seis años después del terremoto, Isa seguí caminando. Y acompañaba en su camino, ofreciendo piernas y oportunidades para andar por sí mismos, a quienes carecen de ambas. Porque “Dios me dio la vida y esta ya no tiene sentido si no es para darla”.

“No la mataron por ser Isa –señala la hermana Rosa-, como Teresa de Calcuta en la India, ella quería vivir como los haitianos, deseaba ser una más entre ellos, fue muy feliz, y ha muerto como muchos de ellos, fruto de la violencia sin sentido”.

EN ESENCIA
Un libro: el Evangelio.
Una película: El chico, de Charles Chaplin.
Una canción: Smile, en versión de Rod Stewart.
Un deporte: la carrera del día a día.
Un recuerdo de la infancia: cuando me regalaron una guitarra a los 7 años.
Un rincón del mundo: aquí y ahora.
Un sueño: un mundo sin hambre y sin guerras.
La mayor tristeza: el terremoto del 12 de enero de 2010.
La mayor alegría: estar en Haití en estos momentos.
Un valor: todo el mundo es mi hermano.
Un regalo: estar viva y sana.
Una persona: Jesús de Nazaret.
Que me recuerden por… haber vivido para los demás.

Fuente: revista Vida Nueva nº 2.781 y diario La Vanguardia.

Entrevistas en televisión

 
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Testimonio: Isa Solá

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