Testimonio: Carmen Bascarán

Carmen Bascarán, heroína anónima en lucha contra el trabajo esclavo en Brasil

"Los grandes hacendados se resistieron con uñas y dientes a nuestra lucha contra el trabajo esclavo"

Al comenzar a trabajar y estudiar las necesidades más acuciantes, surgió, junto con algunas personas del lugar, la posibilidad de crear un Centro para la Defensa de la Vida y los Derechos Humanos(CDVDH).

Carmen Bascarán, una mujer de mirada adolescente y pelo blanco, había tenido una vida inquieta, por decirlo de algún modo. Dejando a un lado los detalles, y mirando su propia existencia desde lejos, como se mira un cuadro impresionista, podría leerse con claridad la búsqueda de lo esencial a lo largo de los años. Siempre involucrada con las causas de los más desfavorecidos, siempre con la mirada puesta un punto más lejos, como si buscara algo infinito; como si, a través de las posibilidades que le ofrecía su ciudad, Oviedo, quisiera estirar el cuello buscando algo, que no sabía qué era, pero que estaba allí, esperándola.

Siempre intuyó que el final de sus días, cuando sus hijos ya estuvieran “criados y encarrilados”, estaría en algún país del Tercer Mundo, ofreciendo, ya no su tiempo libre, sino su vida entera. Quién le iba a decir que iban a ser 15 los años que pasaría en la puerta del Amazonas.

Fue en el año 1984 cuando, por vez primera, pisó la tierra de Brasil. En realidad era un viaje de placer con amigos, a Salvador de Bahía, con el objetivo, además, de visitar a su hermano Carlos, misionero combonian o en la ciudad. Aquel viaje, de un impacto tremendo, por la pobreza descarnada que pudo conocer, fue la confirmación de que tenía que dejar su casa y su país.

Pasó el tiempo, y un día recibió una propuesta inesperada: los misioneros combonia nos deseaban crear una rama de misioneros laicos. ¿Podría encajar ella en semejante descripción? No lo creía. Pero al profundizar en el carisma y los objetivos fue dando un paso tras otro, y, después de cuatro años de intensa formación, se vio así misma volando rumbo a Brasil. Aquel era su destino, su lugar elegido. Los numerosos grupos, asociaciones y actividades en los que había trabajado durante tantos años en Asturias, a favor de los necesitados y los más olvidados, culminaban en un largo viaje donde la esperaban miles de personas sufrientes, hasta un punto que ella nunca hubiera podido imaginar.

Açailândia, a mediados de los 90, tenía 90.000 habitantes y tan sólo 14 años de vida. Era, en realidad, una ciudad formada en base al Proyecto de Desarrollo de Gande Carajás donde se explota uno de los mayores yacimientos de hierro del mundo a cielo abierto. Se encontraba, verdaderamente, a las puertas del Amazonas, y tenía, además, la ventaja de ser cruce de caminos entre ciudades tan importantes como Brasilia, San Luis de Marañón y Belén de Para. Ellola situaba como una afortunada ciudad estratégica industrial y comercial.Pero lo que podría ser el núcleo de una rica y próspera tierra, era, en realidad, una trampa para decenas de miles de personas que vivían en la más absoluta indigencia, física y emocional, sin presente y sin futuro.

Hace años, la Universidad de Sao Paulo había llevado a cabo un estudio, cuyas conclusiones sostenían que el 75% de las riquezas de Brasil estaban en manos de unas 5.000 familias. Según Carmen, en Açailândia existía esta desigualdad más o menos de forma proporcional. Unas familias, que podrían contarse con los dedos de las manos, poseían unas mansiones provocadoramente ostentosas, que contrastaban con las miserables casitas de una sola habitación en las que se hacinaba el resto de la población.

Al comenzar a trabajar y estudiar las necesidades más acuciantes, surgió, junto con algunas personas del lugar, la posibilidad de crear un Centro para la Defensa de la Vida y los Derechos Humanos(CDVDH). Y comenzaron a trabajar en ámbitos como la concienciación para el cumplimiento de esos derechos humanos, la esclavitud en el trabajo, la situación de la mujer y la violencia contra ella, o la necesidad de registrar a todos los habitantes de la zona.

Son tareas que se enumeran con rapidez, pero que exigieron durante años un trabajo durísimo y hasta peligroso, pues los patronos de las fábricas, por ejemplo, no estaban dispuestos a abandonar fácilmente el chollo de tener trabajadores esclavos. Carmen y sus colaboradores, en aquellos primeros años, todos voluntarios, arries-garon más de una vez su vida para poner de manifiesto las gravísimas injusticias que se cometían con adultos, con mujeres, y lo que es peor, con niños. Grabaron testimonios, filmaron con cámaras de vídeo escandalosas imágenes de esclavitud laboral, y consiguieron el a poyo de multitud de organizaciones nacionales e internacionales que presionaron hasta el punto de sensibilizar a las autoridades de la zona para exterminar esas prácticas. Gracias al trabajo del CDVDH uniéndose con las comunidades puede decirse, además, que las mujeres adquirieron conciencia de su valor y es difícil encontrar hoy una mujer en Açailândia que no procure formarse y encontrar una profesión que la libere de pertenecer a nadie.

Manos Unidas colaboró en varias ocasiones con el CDVD H para lograr que jóvenes, mujeres y niños pudieran encontrar una salida digna para su vida, a través del arte como un instrumento deliberación y lo que es más, pudieran reconocer su propia dignidad de personas, dueñas de su propio destino.

Hoy Carmen ha vuelto a Oviedo, desde donde sigue colaborando con el CDVDH. Sus hijos, y también sus nietos, le piden atención y siente que ahora, es ‘su’ momento, el de ellos, que también tienen derecho. Mientras tanto observa el panorama de España, en lo que se ha convertido durante todos estos años viviendo en la tierra del Açaí. “¿Crisis? ¿Qué crisis?”, pregunta, con los ojos brillantes. Reconoce que puede haber necesidades también aquí, pero quenada tienen que ver con la realidad de la que parten en aquella regióno en tantos otros lugares del mundo. Y siempre, tanto aquí como allá, la pobreza y la miseria son provocadas por los que escandalosamente se apoderan de las riquezas que pertenecen a toda la Humanidad. Carmen no se encuentra entre tanta opulencia, tanto consumismo y tantas necesidades absurdas. Y se nota que su interiores revuelve, indignado.

Hay injusticias que ni siquiera pueden argumentarse con palabras; ni una periodista, como yo, podría explicarlas, por mucho que considere que la palabra es sagrada, insuperable. Hay imágenes que no se borran, y que nadie las puede explicar, tienen que ser vividas. Por eso ojalá muchos fuéramos capaces de despojarnos de todo e irnos donde nuestra intuición nos pide. Quizá llenaría mostodo esto de imágenes irrebatibles.

Anabel Llamas Palacios

Periodista, prensa del Arzobispado de Asturias.

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