Beatificación esperada

Monseñor Óscar Romero, mártir por los más necesitados

El próximo 23 de mayo, las campanas repicarán en todas las iglesias de El Salvador, acompañando con júbilo a un pueblo que verá recompensada la espera paciente de más de 35 años por la beatificación de Óscar Romero.

Monseñor Romero será beatificado en olor de multitudes, aclamado por aquéllos a quienes defendió hasta la muerte y por muchos de quienes, durante muchos años, no fueron capaces de ver el sufrimiento de un pueblo oprimido.

Generaciones enteras, mujeres y hombres, ancianos, jóvenes y niños, estudiantes, campesinos, combatientes… saldrán a la calle para homenajear al hombre que, desde el altar, y en el que se convirtió en su último grito, pidió a los militares que “en nombre de este Dios y de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡cese la represión!”.

En la figura de Monseñor Romero reconocemos la predilección especial por los pobres, que identifica a nuestra identidad y misión, porque puso a los últimos en el centro de las preocupaciones pastorales de la Iglesia y, por tanto, también de todos los cristianos. Romero, a pesar de las acusaciones, no era un hombre de partido, sino un pastor que quería el bien común de todos, empezando por los más pobres.

Un defensor profético de los derechos humanos

De Monseñor Romero impacta tanto la talla extraordinaria del personaje en medio de la situación durísima que vivió El Salvador, sobre todo en los tres últimos años de su vida, como impresiona también la generosidad con la que estuvo dispuesto a entregar su vida, antes que callar ante la violación de los derechos humanos que estaba sufriendo su pueblo.

De ahí el impresionante amor que la gente de su pueblo –y mucha gente en el mundo–, le sigue teniendo, a pesar de los años transcurridos desde su muerte. Óscar Romero sigue bien vivo en la conciencia de su pueblo y es una fuente de esperanza en unos tiempos que siguen siendo difíciles.

Romero fue un precursor en la lucha y defensa de los Derechos Humanos, en América Latina. Durante mucho tiempo, a la Oficina del Arzobispado de San Salvador acudía muchísima gente para denunciar a Monseñor Romero las diferentes violaciones de los derechos humanos que habían sufrido. Él los escuchaba y creó la Oficina de Socorro Jurídico, más tarde la Oficina de Tutela Legal, para que investigase la certeza de los hechos y así poder defender a la gente más pobre.

La muerte del jesuita Rutilio Grande, amigo personal del arzobispo, el 12 de marzo de 1977, el primer sacerdote que fue asesinado en El Salvador, lo sacudió espiritualmente, cuando acababa de empezar su servicio como arzobispo de San Salvador. Y le abrió los ojos del corazón y de la fe para poder ver la realidad empobrecida y violentada de su pueblo con los ojos de Dios.

Es un Dios que, como nos enseña la Biblia, escucha el clamor del pueblo y lo quiere liberar a través de sus profetas. Se le acusó entonces de traicionar su servicio episcopal, metiéndose en política. Pero él defendió su manera de actuar, mostrando que su defensa de los pobres y su denuncia de las violaciones de los derechos humanos y de la injusticia de los ricos y poderosos, estaba en sintonía con el evangelio, el Vaticano II y los documentos de Medellín y Puebla.

Óscar Romero fue consciente de que era el egoísmo y el afán de querer tener cada vez más, la idolatría del dinero, lo que provocaba las violaciones de los derechos humanos y los sufrimientos innecesarios de las mayorías empobrecidas de su pueblo. Y que había que denunciarlo y llamar a la conversión a los ricos que no querían compartir. En esto fue también muy fiel a Jesús, quien proclamó programáticamente que no se puede servir a Dios y al dinero a la vez. Para Romero, la idolatría del dinero es el cáncer de las buenas relaciones interhumanas y la causa principal del sufrimiento innecesario de las mayorías empobrecidas de nuestro mundo.

Monseñor Romero, a los pobres campesinos, oprimidos y maltratados, llenos de miedo por todo lo que habían vivido concretamente en la ocupación de Aguilares por parte del ejército (asesinatos, torturas, profanaciones), no sólo les dio esperanza, sino que les devolvió la autoestima y los animó a seguir luchando por sus derechos.

Adaptado de un texto de Xavier Alegre para Cristianismo y Justicia.

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