Premio Mundo Negro a la Fraternidad

Guerra o fraternidad en la República Centroafricana

Mundo Negro ha concedido el Premio a la Fraternidad 2016 ex aequo al cardenal Dieudonné Nzapalainga, arzobispo de Bangui, y a Kobine Layama, imán de la mezquita central de la capital centroafricana, por su trabajo de diálogo y promoción de la paz en el país, inmerso en una grave inestabilidad desde que en marzo de 2013 las milicias de la Seleka tomaran el poder del país.

A partir de ahí, la violencia se ha instalado en la nación con esta guerrilla y los milicianos anti Balaka como actores principales. Los dos premiados, junto al pastor Nicolás Nguerekoyame, presidente de la alianza Evangélica de Centroáfrica han mediado en numerosas ocasiones y han hecho posible que la ayuda humanitaria alcanzase a poblaciones vulnerables habitadas tanto por cristianos como por musulmanes.

Tanto para Nzapalainga como para Layama este itinerario no ha sido fácil, especialmente algunos de sus gestos. Uno de ellos tuvo lugar en diciembre de 2013, cuando las milicias anti-Balaka lanzaron una dura ofensiva contra Bangui para hacerse con el control de la capital. En apenas dos días murieron cerca de 1.000 personas, y buena parte de la comunidad musulmana tuvo que abandonar la ciudad. En ese contexto, Nzapalainga decidió acoger en su casa al imán Layama y a su familia. Estuvieron viviendo allí nueve meses. Este gesto fue duramente criticado por parte de las comunidades musulmana y cristiana, que no entendían esa forma de acogida y respeto mutuo. Sin embargo, ese gesto también llevó a que unos y otros conocieran a Nzapalainga y Layama como “los mellizos de Dios”.

A pesar del recrudecimiento esporádico de los combates en Bangui, los dos premiados trabajan día a día para convencer a toda la sociedad que es posible "tratarse como hermanos", tal y como dijo el Papa Francisco en su viaje apostólico a República Centroafricana en otoño de 2015.

Los galardonados estarán en Barcelona entre el 11 y el 14 de febrero donde darán entrevistas a los medios de comunicación y dónde ofrecerán conferencias y jornadas de oración.

Una de ellas será el sábado 11 de febrero por la tarde en la Basílica de Santo Justo y Pastor con la Comunidad de San Egidio y, la otra, el lunes 13 de febrero, también por la tarde, en los Jesuitas con Justicia y Pau.

Por su interés,a continuación reproducimos el texto de José Carlos Rodríguez:

El arzobispo de Bangui, Dieudonné Nzapalainga, es un hombre de diálogo con sus palabras, y con sus gestos. Al día siguiente de conocerse su nombramiento como cardenal se dirigió a pie al barrio musulmán de Bangui –el conflictivo PK5–, acompañado de varios cientos de personas, para romper el aislamiento de este violento enclave. Allí saludó a sus amigos los imanes, y se reunió con los líderes de las milicias. Uno de ellos, Abdul Danda, entregó al cardenal dos rehenes a los que retenía desde hacía dos semanas. “Cada vez que hay problemas en el barrio, no viene nadie del Gobierno, pero el arzobispo acude siempre, y a pie”, dijo el señor de la guerra, quien dos semanas después de aquello murió en un enfrentamiento.

La elección de Nzapalainga es un mensaje claro del Papa sobre qué tipo de pastores quiere para una Iglesia de periferias: un hombre comprometido con la paz, cercano al pueblo y que tiende puentes para unir a comunidades separadas. La visita de Francisco a Bangui –donde abrió el Año de la Misericordia– a finales de noviembre de 2015 fue la primera de un Papa a una zona de guerra activa y un espaldarazo a una Iglesia joven comprometida con la paz y el diálogo en medio de la violencia.

El que se define a sí mismo como ‘el cardenal de los pobres’ es, con 49 años, el benjamín del colegio cardenalicio. Dotado de una gran capacidad de escucha, sabe guardar la calma ante situaciones límite, habla con una oratoria persuasiva y tiene grandes dotes de análisis. Así diseccionaba ante el autor de este texto las raíces del conflicto que vive su país: “La mayor parte de la gente come solo una vez al día, en las zonas rurales hay que caminar al menos 40 kilómetros para llegar al centro de salud más próximo, y allí no podrán comprar los medicamentos porque hay que pagarlos y muy pocos tienen el dinero necesario. Cuando la gente vive en el abandono más absoluto, sumida en la frustración, si se presenta un grupo armado que promete resolver sus problemas, los más jóvenes se dejan convencer”.

Nacido en 1967 en Bangassou, de padre católico y madre protestante en un hogar modesto, entró muy joven en la congregación de los Misioneros Espiritanos. Tras licenciarse en Teología en París, trabajó en Marsella entre 1998 y 2005 como capellán de un orfanato y como vicario parroquial hasta que volvió a RCA como superior provincial de los Espiritanos, tarea que compaginó con la atención pastoral a la parroquia de Nôtre Dame d’Afrique, en la capital.

Nada podía prepararle para la fortísima crisis que sacudió a la Iglesia centroafricana en 2009 y que él vivió en primera persona. El entonces arzobispo de Bangui y el obispo de Bossangoa (y presidente del episcopado) fueron destituidos por Roma por comportamiento escandaloso. Al mismo tiempo, varios sacerdotes fueron suspendidos y se cerró el seminario. El joven Nzapalainga se encontró en el ojo del huracán cuando fue nombrado administrador apostólico de Bangui y fue recibido con una furibunda carta firmada por varios sacerdotes en la que decían que “el nuevo administrador no está a la altura de la labor encomendada”. Con infinita paciencia, Nzapalainga decidió encontrarse con cada sacerdote individualmente para escuchar y consiguió reconducir la situación.

Nzapalainga fue consagrado arzobispo de Bangui el 22 de julio de 2012. Muy pronto, el inicio de una ofensiva de tres grupos rebeldes presentes en el norte del país –unidos en una coalición a la que llamaron Seleka– iba a atraerle al centro de la iniciativa de paz que lidera desde entonces con el pastor Nicolás Nguerekoyame, presidente de la Alianza Evangélica de Centroáfrica, y el imán Kobine Layama. Los tres han mediado en numerosas ocasiones y han organizado ayuda humanitaria a poblaciones vulnerables, tanto cristianas como musulmanas.

El imán Kobine Layama ha pagado un alto precio por denunciar las atrocidades de las milicias musulmanas de la Seleka, que ocuparon el poder en RCA de marzo de 2013 a enero de 2014 y aún controlan grandes zonas del noroeste del país. Presidente de la Comunidad Islámica de Centroáfrica (CICA), su liderazgo fue contestado por sectores radicales que le acusaron de traidor y llegaron incluso a destruir su oficina de la CICA en el PK5. También sufrió amenazas por parte de la Seleka cuando esta campaba por sus fueros en Bangui. En diciembre de 2013, las milicias anti-Balaka lanzaron una furiosa ofensiva contra la capital en la que murieron más de 1.000 personas en apenas dos días. Nzapalainga acogió en su casa al imán y a su familia, después de que los milicianos que desataron la caza al musulmán destruyeran su casa. Allí vivió nueve meses. La gente en Bangui, cristianos y musulmanes, les llaman ‘los mellizos de Dios’.

Hoy, cuando RCA tiene un millón de refugiados o desplazados internos y donde miles de musulmanes no pueden recuperar sus casas ocupadas por los anti-Balaka en barrios de Bangui, el mensaje de los dos ha calado en muchas personas de buena voluntad. Kobine Layama vive en una modesta residencia en el barrio de Ngaragba, donde sus vecinos cristianos le ayudaron el año pasado a construir una nueva mezquita. A pesar del resurgir de radicalismos y de los pesimistas que se burlan del diálogo entre religiones, el imán y el cardenal siguen predicando que cristianos y musulmanes pueden y deben “tratarse como hermanos” –como dijo el Papa Francisco en la mezquita central de Bangui– y trabajar juntos por la paz.

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