Las personas con discapacidades son más vulnerables a la pobreza

Según el Informe Mundial sobre Discapacidad, publicado por la OMS, la prevalencia de la discapacidad es mayor en los países de ingresos bajos que en los países con economías más prósperas.

Las personas más pobres, las mujeres y los ancianos también presentan mayores índices de discapacidad debido a los muchos obstáculos que han de sortear para acceder a servicios como la salud, la educación, el empleo, el transporte o la información.

La discapacidad no es una enfermedad, aunque las condiciones en las que se desarrolla la vida de muchos discapacitados sí pueden hacer a estas personas más vulnerables a distintas patologías.

Pero discapacidad nunca debería ser sinónimo de inutilidad, como así lo demuestra este proyecto que Manos Unidas ha apoyado en diversas ocasiones y que se lleva a cabo en el norte de Tanzania: en tan solo 18 meses con formación y asistencia médica, 30 personas afectadas por diferentes discapacidades han pasado de la marginación y el ostracismo a ser capaces de generar ingresos con los que contribuir al sustento familiar.

En algunas culturas locales tanzanas, las personas con discapacidad son generalmente consideradas una carga adicional para las ya de por sí difíciles situaciones familiares. Por ello, son confinadas en sus casas y excluidas de las actividades diarias o del disfrute de derechos tan básicos como a escolarización.

Las supersticiones y la falta de formación hacen que estas personas sean temidas y despreciadas hasta el punto de que su vida puede llegar a correr peligro.

 

Luchando contra la discriminación

 

Sabedores de que sin ayuda ni educación las personas discapacitadas suelen llevar una vida solitaria en la que ni remotamente se les permite ser miembros activos de la sociedad, la Congregación del Espíritu Santo fundó, en 1982, el centro de Formación Profesional Olkokola (OVTC), que tiene como objetivo ayudar a personas con discapacidad física y psíquica leve, a desarrollar su autoconfianza y conocimientos.

Allí, a15 kilómetros de la ciudad de Arusha, cada dieciocho meses 30 estudiantes, jóvenes de entre 15 y 25 años, provenientes de las zonas rurales más remotas y desfavorecidas a las que no llega ninguna otra institución, aprenden sastrería, albañilería, carpintería o agro-veterinaria (agricultura, cría de animales y servicios veterinarios).

Oficios con los que, a su regreso a casa, contribuyen a mejorar sus condiciones de vida e, incluso, a aportar algo a la economía familiar. Con ello, los otrora marginados, pasan, normalmente, a ser admitidos en la sociedad.

Además, aquellos estudiantes que no han ido a la escuela reciben educación básica, y cuando se gradúan, el centro les da las herramientas necesarias para poder ejercer su oficio una vez regresan a sus localidades de origen.

Y durante los tres años siguientes, se les hace un seguimiento para valorar el impacto de lo que han aprendido, su participación en la economía familiar y su aceptación o no por la comunidad.

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