Daniel Gebremedhin, una historia de superación

El 8 de septiembre se celebra el Día Internacional de la Alfabetización, y desde Manos Unidas queremos haceros llegar un historia esperanzadora sobre este tema.

Daniel Gebremedhin dice tener doce años, aunque, probablemente, tenga algunos más, cartorce o quince. Nació en alguna pequeña aldea rural del Tigray, al norte de Etiopía, donde la pobreza extrema le impidió recibir tratamiento para hacer frente a una enfermedad que le afectó a los ojos y, en poco tiempo, le dejó completamente ciego.

Tenía solo cinco años y ante él un futuro envuelto en tinieblas. Huérfano de padre y madre y sin hermanos o parientes cercanos, Daniel estaba destinado a mendigar por las calles para conseguir un sustento, como tantos y tantos ciegos en Etiopía.

Pero la realidad de Daniel es, hoy en día, una muy diferente. Daniel vive en Wukro, una ciudad del Tigray cercana a la frontera con Eritrea, acogido en el Programa de Huérfanos del padre Ángel Olaran. A pesar de su ceguera, es uno de los alumnos más brillantes de la escuela pública en la que estudia 5º grado.

Cada tarde, a las cinco, se presenta erguido, guiándose con su bastón, en el patio de la misión de St. Mary. Bajo el brazo sostiene un montón de papeles blancos, encuadernados rústicamente. Es la hora del estudio. Apoyado en una pared, Daniel pasa incansable la yema de los dedos por las hojas en blanco. Y mueve los labios sin cesar. Estudia y estudia, y sus compañeros respetan su soledad. Nunca falta un brazo que, tras el estudio, le acompañe a casa.

Daniel sabe que todavía le quedan muchos cursos para terminar la escolarización. Deberá pasar en 10º grado un examen nacional con el que se decidirá si es apto para estudiar el bachillerato o si, por el contrario, tendrá que abandonar la escuela. Pero, por ahora, todo indica que su esfuerzo diario y sus calificaciones de 10/10 en todas las asignaturas le permitirán alcanzar su sueño: ser abogado, y no descarta ser médico general, aunque eso “le costará mucho”.

Por ahora, recibe apoyo constante de sus profesores y el aliento de todos los que le rodean. El futuro, mientras no llegue el ordenador que tanto anhela, lo tiene en las yemas de los dedos. Él, y todos los que le conocen bien, saben que puede hacerlo.

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