Testimonio: Dário Balula

Dário Balula, misionero en la lucha contra la pobreza en Zambia

Los africanos siendo más pobres que nosotros, son más ricos porque tienen alegría.

Los misioneros, como Darío y tantos otros, ponen su tesón, su esfuerzo y, en algunos casos, su propia vida.

Conocí a Darío Balula en julio de 2008. Tuve la oportunidad durante un viaje que hice a Zambia con el recién estrenado redactor-jefe de Mundo Negro, Luis Esteban Larra, que tomaba por aquel entonces el relevo de nuestro querido Gerardo González, jubilado tras más de 40 años en la revista. Me lo encontré en Lusaka, la capital del país. Darío había ido desde Malaui, donde tiene su residencia como provincial de los Combonianos en ambos países, para la ordenación sacerdotal de Michael Bwalya, un joven comboniano zambiano.

Llegó a Lusaka unos días antes de la ordenación. Nos dijeron que para poder saludarnos y tener tiempo de preparar la ceremonia; pero pronto me di cuenta de que había también un tercer motivo. Darío había pasado más de diez años como párroco de Lilanda Parish, una humilde parroquia ubicada en uno de los barrios más pobres de la periferia de Lusaka. Sentía nostalgia de su “gran amor”, y tanto la ordenación de Michael como la visita de Mundo Negro eran la excusa perfecta para regresar a la que había sido su casa durante tantos años.

No fue difícil adivinar que había pasado allí buena parte de su vida misionera, y menos aún que había sido feliz con aquella gente. Su manera de relacionarse con ella, el dominio de la lengua y, de manera particular, la familiaridad y el cariño con que todos se acercaban a él, delataban un amor mutuo que no se había borrado tras el traslado de Darío a Malaui. Recordaba a los suyos y los suyos se acordaban de él. Pasear por las polvorientas calles sin asfaltar de Lilanda, ir de casa en casa, pararse a cada instante para responder al saludo cariñoso de su gente, fue la tónica durante los días que compartí con él.

Con una vieja gorra sobre la cabeza y enfundado en un chaleco de Manos Unidas gastado ya por el uso -“es muy práctico, uno de los mejores regalos que me han hecho”, me decía-, no paraba un instante de sonreír, saludar a sus antiguos parroquianos, sobre todo, jugar con los niños, alborotados y divertidos con sus carantoñas.

Tres palabras pueden definir muy bien a Darío: entusiasmo, vitalidad y confianza en el futuro. Hombre afable, lleno de humanidad, con una energía y una tenacidad que sorprenden y casi abruman al que está con él, este misionero portugués nunca se deja vencer por las dificultades. Durante los años que vivió y trabajó en Lilanda no ahorró esfuerzos para ayudar a aquella gente: un colegio, un centro de Formación Profesional, una huerta comunitaria, grupos de apoyo a los más pobres y abandonados, visitas a los enfermos (el sida campa a sus anchas dejando a su paso tantos muertos como huérfanos y viudas), aparte del inmenso trabajo pastoral entre las comunidades cristianas de base diseminadas por todo el barrio… La lista es interminable.

Un día me contó “su anécdota”. Antes de empezar su relato se detiene, esboza una sonrisa burlona mirando de reojo a su alrededor y me dice alzando la voz a propósito para que le oigan todos: “Mis hermanos dicen que siempre cuento lo mismo a los que vienen a visitarnos”. Humor no le falta. El caso es que “su anécdota” le ha marcado profundamente y ha hecho que su historia personal sea diferente. Gastar las energías por el bien de la gente es una cosa, pero jugarse la vida y estar a punto de perderla es otra muy diferente.

En su cabeza lleva la marca del golpe recibido por defender a las religiosas de la parroquia que habían sido asaltadas por un grupo de bandidos. La casa de las hermanas es colindante con la de los misioneros, por lo que Darío pudo escuchar los gritos y, sin dudarlo un instante, acudió en su auxilio. Poco pudo hacer. Le rompieron el cráneo y a punto estuvieron de matarlo. El médico que lo atendió, un ruso no demasiado creyente, le dijo: “O es verdad que Dios existe, padre Darío, y esto ha sido un milagro, o es que usted ha tenido mucha suerte. No le han matado por un pelo”.

Se salvó de milagro y hoy lo cuenta como eso, “una anécdota más de esta vida misionera”. Sin embargo, quien pasa la mano por su coronilla y siente al tacto la huella dejada por aquel golpe no puede evitar que un escalofrío le recorra todo el cuerpo imaginando lo brutal que tuvo que ser.

Unas veces acompañados por Darío y otras por el padre Carlos Nunes, compañero suyo y anfitrión de lujo para nosotros-Darío estaba siempre ocupado, si no era con la preparación de la ordenación de Michael, era visitando a sus antiguos feligreses-, pudimos visitar buena parte de las obras sociales de la parroquia. Nos sorprendió la vitalidad de la gente y el espíritu alegre e ilusionado con el que todos colaboran para que las cosas vayan un poco mejor. Unos, los más fuertes, trabajan en la huerta de la parroquia; otros, los mejor dotados intelectualmente, en los centros de formación. Hasta los más limitados ponen su grano de arena visitando a los enfermos o atendiendo a los numerosos pobres que sobreviven gracias a la ayuda que la parroquia les da.

Desgraciadamente, mi visita duró pocos días, pero fueron suficientes para darme cuenta del espíritu emprendedor de un hombre que ha pasado muchos años compartiendo las alegrías y las tristezas, los gozos y las esperanzas de una gente que lo considera ya como uno más de los suyos. A la hora de despedirnos, Darío me dijo seriamente: “Tenéis que ir a Chicowa”. Fue tal su insistencia que hicimos planes para ir allá, a pesar de estar en una de las zonas más inhóspitas de Zambia, en el valle de Malambo, al este del país. Desafortunadamente no pudimos llegar a causa de nuestra apretada agenda. Todavía teníamos que ir a Malaui antes de emprender el regreso a España.

Para convencernos, Darío nos contó con el mismo lujo de detalles con el que había narrado “su anécdota”, los proyectos que los combonianos tienen en esta misión de más de 100.000 habitantes que viven fundamentalmente de la agricultura. Al ser una de las regiones más abandonadas de Zambia, el nivel educativo es extremadamente bajo debido a la falta de escuelas y de interés de los padres por escolarizar a sus hijos (sólo el 30% de los niños acuden a las escuelas de Primaria). Desempleo, alcoholismo, matrimonios precoces y un sinfín de dificultades hacen que aquella gente entre en una espiral de pobreza de la que es muy difícil salir.

El mismo entusiasmo que mostró a la hora de hablarnos de Chicowa o de su encuentro inesperado con los asaltantes de las hermanas de la parroquia, lo exteriorizó también durante toda la ceremonia de la ordenación sacerdotal del joven Michael Bwalya. Hablando luego “entre combonianos”, se mostraba realmente orgulloso de ser un seguidor de san Daniel Comboni, que guió toda su vida misionera con dos grandes principios: “África o muerte” y “Salvar África con África”. Darlo todo por el continente africano y por sus gentes -hasta la propia vida si es necesario- es un ideal que empuja a este misionero portugués a sacrificar todo lo sacrificable para que los más pobres puedan salir de su miseria. De ahí el entusiasmo con el que está llevando adelante los proyectos de Chicowa,de Lilanda y de otros lugares de Malaui y Zambia abandonados a la mano de Dios.

Lo de “Salvar África con África” lo vive ahora de manera más especial en su labor como provincial. Si el deseo de formar a jóvenes zambianos, depositarios del futuro del país y protagonistas de su propio desarrollo le ha movido a iniciar tantos proyectos, ahora, como provincial de los Combonianos en estos dos países, tiene la responsabilidad de llevar adelante un proceso que no tiene vuelta atrás: el relevo generacional. Michael Bwalya es un eslabón de ese proceso. “Nosotros empezamos a envejecer -me confesaba el día de la ordenación-, y estos jóvenes zambianos que han asimilado el carisma de Comboni son ahora quienes tienen que ir asumiendo el timón de la barca”.

Los misioneros, como Darío y tantos otros, ponen su tesón, su esfuerzo y, en algunos casos, su propia vida. Organismos como Manos Unidas -que tanto ha ayudado y sigue ayudando a la gente de Lilanda y de Chicowa- apoyan y financian los proyectos. La tercera pieza, la más importante de esta historia, la constituyen los propios zambianos, especialmente sus jóvenes, protagonistas de su propio desarrollo y de un futuro que promete ser esperanzador.

Ismael Piñón. Director de Mundo Negro.

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